Los conflictos asimétricos

Los conflictos asimétricos

Crnl. de EMC. Luis Caicedo Rosero

Este artículo pretende una aproximación a lo que constituyen en la actualidad las amenazas y los conflictos asimétricos, considerando que en los últimos años del siglo XX y en los albores del XXI, nos encontramos viviendo una época en que las probabilidades de guerras convencionales interestatales han disminuido considerablemente, dando paso a una serie de conflictos de diferente naturaleza, medios y objetivos.

Esto se debe a la tendencia internacional de solución pacífica de los conflictos; al rechazo de la comunidad internacional a las guerras de agresión; a que la guerra en la actualidad es tan destructiva que se ha hecho cada vez más difícil alcanzar objetivos políticos por la vía militar; a los costos políticos, económicos y sociales de una guerra; al incremento de las relaciones de interdependencia en todos los campos entre los Estados, todo lo cual hace recapacitar profundamente a los países en el costo-beneficio que les puede significar un conflicto bélico con un país vecino.

Sin embargo, esto no quiere decir que las guerras se hayan terminado; por el contrario, las guerras continúan pero bajo otros lineamientos, bajo otros esquemas, lo que la profesora Mary Kaldor llama las “nuevas guerras”, o, como las define el sociólogo francés Daniel Pécaut, “guerras contra la sociedad”. Éstas se realizan con fines políticos y son una mezcla de crimen organizado transnacional o nacionalismos exacerbados o fundamentalismos, que conllevan fenómenos como violaciones a los derechos humanos, genocidio, xenofobia y crímenes de lesa humanidad, y donde la víctima principal es la población civil.

Se prevé que este tipo de conflictos proliferarán en el futuro, habida cuenta del gran desarrollo de la tecnología, de las comunicaciones y de la cibernética, lo que ha hecho que el mundo sea cada vez más pequeño; pero, además, porque muchos Estados han ido erosionando su legitimidad, y, lo que es más grave, van perdiendo el monopolio del uso de la fuerza a manos de grupos ilegales o paramilitares.

Guerra convencional y Guerra asimétrica

Tratando de definir el término asimetría, se puede afirmar que es algo que no tiene simetría, es decir que no guarda una proporción adecuada o armónica entre las partes. Llevado este concepto a las amenazas y conflictos asimétricos, diremos que más que una diferencia de fuerzas, lo que poseen y emplean las partes en desventaja son códigos, procedimientos y modalidades no convencionales o no tradicionales de ejercer la violencia. Muchos analistas al sostener que la guerra asimétrica es tan antigua como el hombre lo ejemplifican con el pasaje bíblico de David contra Goliat.

Laurent Murawiec define a la guerra asimétrica señalando que no es solamente la guerrilla ni la guerra del débil contra el fuerte, sino que introduce un elemento de ruptura tecnológico, estratégico o táctico, un elemento que cambia la idea preconcebida. Colin S. Spray, por su parte, considera el conflicto asimétrico como un método de combate difícil de definir pero que se basa en lo inusual, en lo inesperado y utiliza procedimientos ante los cuales no resulta fácil una respuesta mediante fuerzas y métodos convencionales. Sin embargo, pese a que se ha tratado de dar una definición sobre los conflictos asimétricos, no existe todavía una unificación doctrinal al respecto.

Podemos concluir que el conflicto asimétrico no se da solo por la desigualdad de potenciales, sino cuando los adversarios adoptan formas de combate no convencionales y con diferencias básicas en su modelo estratégico, empleando métodos alejados de las leyes y principios de la guerra y empleando armas de destrucción masiva. Son conflictos que se producen entre un enemigo más pequeño o débil, pero que usa la sorpresa para atacar golpeando a la parte más vulnerable de un país poderoso; la meta no es alcanzar la victoria sino aterrorizar a la población; usan tecnologías fáciles y baratas para causar un gran impacto psicológico en el gobierno y en la población, afectando profundamente la vida de una sociedad. El explosivo empleado en el primer atentado a las torres gemelas, en 1993, costó apenas 400 dólares y causó daños calculados en 500 millones de dólares.

El 11 de septiembre: Conflicto Asimétrico

Si atendemos a los hechos del 11 de septiembre, en que se empleó la máxima expresión del conflicto asimétrico, que es el terrorismo, diremos que nos alejan del tradicional modelo de guerra clausewitziano de intervención de la trilogía: Estado, sociedad y Fuerzas Armadas y nos aproximan al modelo de Hobbes del estado de naturaleza en que el hombre es lobo del hombre y se da una lucha de todos contra todos. En este caso, Al-Qaeda logró planificar los atentados, infiltrar gente en suelo norteamericano, distribuir los fondos, entrenar a los pilotos y coordinar los ataques sin ser descubiertos por las autoridades locales; la invulnerabilidad de los EE.UU. fue reemplazada por una nueva era de vulnerabilidad a través de una forma de guerra diferente.

En el modelo de la guerra simétrica, convencional o tradicional, los actores están claramente identificados y no son otros que los Estados con sus fuerzas armadas, aunque también puede haber actores intraestatales en el caso de una guerra interna; en cambio en los conflictos asimétricos intervienen actores no estatales, como pueden ser grupos de fanáticos fundamentalistas, sean éstos religiosos, ideológicos étnicos, regionales o culturales transnacionales, que pueden estar apoyados y/o financiados por otros grupos que funcionan en redes, las que tienen una gran dinámica social y tecnológica y que funcionan sobre la base de una gran lealtad y confianza entre sus miembros.

Tratando de establecer un contraste entre las nuevas guerras y las tradicionales en lo que respecta a sus objetivos, sus métodos de lucha y sus modos de financiación, los objetivos de las nuevas guerras están relacionados con la política de identidades, a diferencia de los objetivos geopolíticos o ideológicos de las guerras anteriores. Enunciaremos una serie de características de cada una de ellas a fin de establecer sus diferencias:

Los tipos más comunes de amenazas asimétricas son ataques con armas nucleares, ataques con armas químicas, ataques con armas biológicas y el terrorismo en general; este último puede realizarse empleando armas de destrucción masiva.

El terrorismo no es un fenómeno nuevo, ya que siempre ha existido en la historia, lo que sucede es que en los últimos tiempos se ha perfeccionado y modernizado y se ha vuelto sumamente peligroso debido a la proliferación de armas de destrucción masiva que, en manos de terroristas, pueden convertirse en elementos mortíferos contra determinada población. Por otra parte, ya no es un problema de un solo país sino que ha trascendido fronteras y hoy el terrorismo se ha convertido en la más alta prioridad en la agenda de la política mundial.

Ciertos centros de investigación hablan del síndrome de los Estados fracasados, fallidos o en colapso como se los ha denominado, y son aquellos que han perdido la capacidad de gobernar y por lo tanto, de controlar la violencia, y que, debido a ello, pueden ser proclives a proteger, alojar o tolerar terroristas dentro de su territorio. La clave de cualquier solución a largo plazo es restaurar la legitimidad del gobierno, devolver el control sobre la violencia a las autoridades públicas, sean éstas locales, nacionales o internacionales.

Conclusiones

La lucha contra las causas de los conflictos asimétricos es esencial para reducir los riesgos; ninguna medida servirá para garantizar un mayor nivel de seguridad si no se compromete un mayor esfuerzo internacional por reducir o eliminar las causas que generan los conflictos. Para quienes promueven actividades terroristas, el ensanchamiento de la brecha entre ricos y pobres, la pervivencia de focos de pobreza, exclusión, marginación e iniquidad, el irrespeto a la identidad de los pueblos, así como la existencia de dobles varas de medida en la comunidad internacional, son factores que facilitan la movilización de fanáticos en contra de ciertos Estados o sociedades consideradas injustas.

La lucha directa contra los grupos terroristas debe ser protagonizada por las fuerzas de seguridad, tanto en sus aspectos preventivos inmediatos como en las operaciones de persecución que se organicen tras un atentado. Dada la dimensión global que este fenómeno ha adquirido (se habla ya de “hiperterrorismo”, tanto por su capacidad para actuar en cualquier parte del mundo como por su demostrada capacidad destructora), es necesario contar también con la colaboración indispensable de los servicios de inteligencia y, en ocasiones, con unidades militares especiales. En todo caso, estas acciones deben estar planificadas para eliminar la posibilidad de producir los mal llamados “daños colaterales” y deben estar dirigidas exclusivamente contra los terroristas. Lo contrario sólo provocará víctimas inocentes y, desde la perspectiva interesada de estos grupos, nuevas justificaciones para continuar una escalada violenta.

Este escenario de alta incertidumbre nos permite comprender que la inteligencia estratégica es el arma principal de la era de la información, ya que nos sirve para comprender los problemas del mundo desde una cosmovisión cultural y social, por lo que la inteligencia debe ser capaz de emplear con eficacia dos herramientas claves: tendencias y escenarios. La primera (tendencia) es una pauta general de conducta de los hechos de la situación actual y su manera específica de reestructuración, que permite vislumbrar cómo será la nueva situación; en otras palabras, es un lineamiento que habrá de definir una nueva situación. Los escenarios, por su parte, son imágenes del futuro que representan un proceso y están basadas en una metodología; nos permiten prolongar nuestra mirada a mediano y/o largo plazo en un mundo de grandes incertidumbres. En resumen, la inteligencia estratégica, para que sea relevante, deberá proyectar tendencias y construir escenarios.

Finalmente, vale la pena reflexionar sobre los dilemas SEGURIDAD / LIBERTAD y SEGURIDAD / BIENESTAR, en el sentido de la necesidad de destinar los recursos necesarios para la defensa de dichos valores a los que no podemos apreciar sino hasta que los hayamos perdido.

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